viernes, 23 de febrero de 2018

Las lágrimas


Él se quedó solo con su mano ardiendo.

Con algo invisible alrededor de su cara, que era el resto de su perfume.

Miró la baranda de madera del bote, se subió sin apoyar la mano que ella había tocado con su mano maravillosa.

Después miró el agua.

Luego se dio vuelta y miró la costa y vio la silueta de Lucilla alejándose.

Al cabo de algún tiempo, abrió la mano que la mujer había estrechado mucho más tiempo del que era necesario, y se la llevó a los ojos. Escondió sus ojos detrás de la mano que ella había quemado al tocarla. Entonces se puso a llorar tras el dorso de esa mano. Se sentó en el banco de remo. Lloró todo lo necesario. Eso era el miedo en el fondo de sí mismo. Las lágrimas incontrolables eran su miedo. La fragilidad ante lo que amaba: es lo que era su único miedo pero era inmenso. Desde la infancia, no había visto más que rostros fríos, a veces excedidos, a los que su presencia importunaba, a los que sus deseos molestaban, a los que su niñez cansaba, y se iba a sollozar lejos de las miradas severas.

Pascal Quignard
Las lágrimas
Ed. El cuenco de plata, 2017
Trad. Silvio Mattoni

Fot. Margrethe Mather . Circa 1925

Palabras de más


¿Por qué no decir directamente lo que uno quiere, sin una palabra de más?


Exit


EXIT

Buscan los ojos
en medio del vacío:

¿hay un camino al fondo
de esta llanura, en desnudez completa,
poblada de espejismos?

Cada oasis, el triunfo de una sombra;
y cada manantial,
un puñado de arena
tan leve como el humo.

Se adivina cercana, sin embargo,
con perfil verdadero, la única salida:
un punto que limita con la nada.


Ed. Visor, 2008

Fot. María Tudela. 2015

jueves, 22 de febrero de 2018

Y nada acaba


Y nada acaba
en el alfabeto de la angustia
tan cabezacaninamente pesado 
y a la vez lagartijamente delicado
como el presente.

de "Los pálidos señores con tazas de moca."
Trad. José Luis Reina Palazón

Fot. Imogen Cunningham
The Bath, 1952

Buscar una cosa


Buscar una cosa
es siempre encontrar otra.
Así, para hallar algo,
hay que buscar lo que no es.
Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,
buscar al amor para hallar el exilio,
buscar la nada para descubrir un hombre,
ir hacia atrás para ir hacia delante.
La clave del camino,
más que en sus bifurcaciones,
su sospechoso comienzo
o su dudoso final,
está en el cáustico humor
de su doble sentido.
Siempre se llega,
pero a otra parte.
Todo pasa.
Pero a la inversa.


Untitled Berlin 1930s

miércoles, 21 de febrero de 2018

Por la noche


por la noche

por la noche te llamo en silencio
como llamo al espíritu de quien se fue hace poco

por la noche te toco, sin manos,
con todo el cuerpo enterrado bajo una almohada de sueños

por la noche te duermo,
sin voz,
y entre plumas te escribo signos transparentes
y te leo páginas en blanco

por la noche te invoco desde el vacío original
mientras todo descansa
excepto el deseo y el olvido,
la obsesión,
el celo

por la noche nada parece existir


Marta Rodríguez Iborra

Fot. Edward Steichen
Strange Interlude with Lynne Fontanne, 1928
Gelatin silver print

Preguntas


Ya que navegas por mi sangre
y conoces mis límites,
y me despiertas en la mitad del día
para acostarme en tu recuerdo
y eres furia de mi paciencia para mí,

dime qué diablos hago,
por qué te necesito,

quién eres, muda, sola, recorriéndome,
razón de mi pasión,
por qué quiero llenarte solamente de mí,
y abarcarte, acabarte, 
mezclarme en tus cabellos
y eres única patria
contra las bestias del olvido.

Preguntas

Tina Modotti, iris bianco 1921

El poema pulverizado


No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que ellas toman su plácido aspecto y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarse sin carga: soñarás con el mañana y tu lecho te será leve. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Estás impaciente por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la hechicería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarás con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.

Sin embargo.

No has hecho más que aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de una comprensión que enloquece. Piensa en la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has vaciado los ojos del león. Crees ver pasar la belleza por encima de las lavandas negras.
¿Qué es lo que te ha izado, una vez más, un poco más arriba sin convencerte?
No hay sitio puro.

René Char
El poema pulverizado

Fot. Akio Jissoji

martes, 20 de febrero de 2018

Conocer


Conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y tan encomiable como aprender una lengua muerta. Cada noche se añade una nueva comarca a nuestro placer y un nuevo signo a nuestro ya cuantioso vocabulario. Pero siempre quedarán misterios por desvelar. El cuerpo de una mujer, todo cuerpo humano, es por definición infinito. Uno empieza por tener acceso a la mano, ese apéndice utilitario, instrumental, del cuerpo, siempre descubierto, siempre dispuesto a entregarse a no importa quién, que trafica con toda suerte de objetos y ha adquirido, a fuerza de sociabilidad, un carácter casi impersonal y anodino, como el del funcionario o portero del palacio humano. Pero es lo que primero se conoce: cada dedo se va individualizando, adquiere un nombre de familia, y luego cada uña, cada vena, cada arruga, cada imperceptible lunar. Además no es sólo la mano la que conoce la mano: también los labios conocen la mano y entonces se añade un sabor, un olor, una consistencia, una temperatura, un grado de suavidad o de aspereza, una comestibilidad. Hay manos que se devoran como el ala de un pájaro; otras se atracan en la garganta como un eterno cadalso. ¿Y qué decir del brazo, del hombro, del seno, del muslo, de…? Apollinaire habla de las Siete Puertas del cuerpo de una mujer. Apreciación arbitraria. El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar.

Julio Ramón Ribeyro
Prosas apátridas
Ed. Seix Barral, 2007

Una pequeña tempestad


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con La Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso.

Ed. Tusquets, 2008
Trad. Lourdes Porta

Nomad Circle, Mongolia, 1996

lunes, 19 de febrero de 2018

Sólo una silueta clara


No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café. Estaba esperando que dejara de llover, un chaparrón que empezó en el preciso momento en que Hutte se iba.

Ed. Anagrama, 2009
Trad. María Teresa Gallego


El amor después del amor


Un tiempo vendrá en el que, 
con gran alegría,
te saludarás a ti mismo,
al tú que llega a tu puerta,
al que ves en tu espejo
y cada uno sonreirá
y dará la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.

Amarás al extraño que fuiste tú mismo.
Ofrécele vino y pan. 
Devuelve tu amor a ti mismo, 
al extraño que te amó toda tu vida, 
a quien no has conocido
para conocer a otro corazón
que te conoce de memoria.

Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

El amor después del amor

Fot. Helmut Newton
The Woman on level 411, Monte Carlo, 2000

Las fantasías masculinas


Las fantasías masculinas, las fantasías masculinas... ¿es que todo gira en torno a las fantasías masculinas? En lo alto de un pedestal o hincada de rodillas, todo es una fantasía masculina: que eres bastante fuerte para aguantar lo que ellos te echen o demasiado débil para hacer nada al respecto. 
Incluso fingir que no atiendes a las fantasías masculinas es una fantasía masculina: pretender que eres invisible, pretender que tienes vida propia, que puedes lavarte los pies y peinar tu cabello inconsciente del observador omnipresente que mira a través del ojo de la cerradura, mirando a través del ojo de la cerradura en su propia cabeza. 
Eres una mujer con un hombre adentro mirando a una mujer. Eres tu propio voyeur. 
Las Zenias de este mundo han estudiado la situación y han encontrado la manera de sacarle provecho; no se han dejado moldear según las fantasías masculinas, lo han hecho ellas mismas.

Margaret Atwood
La novia ladrona
Ediciones B, 1996

Fot. Steven Meisel
Sherilyn Fenn para Dolce&Gabbana

domingo, 18 de febrero de 2018

Días


Y los días no están suficientemente llenos
y las noches no están suficientemente llenas
y la vida se desliza como un ratón de campo
sin agitar la hierba.

Días

Fot. Mario Giacomelli

El grito de los fantasmas


Y cada día encontramos a alguien
que involuntariamente nos pregunta
sin abrir siquiera la boca:
¿Cuándo? ¿cómo? ¿y qué viene después?

El grito de los fantasmas


sábado, 17 de febrero de 2018

Siguieron algunos de los días más extraños



Siguieron algunos de los días más extraños que guardo en mi memoria. Hartley se negaba a bajar. Permanecía escondida en su habitación, como un animal enfermo. Yo cerraba su puerta con llave, temeroso de que saliera y tratara de ahogarse, y no le dejaba velas ni cerillas por si intentaba quemarse. En todo momento, temía por su seguridad y su bienestar, y sin embargo no me atrevía a permanecer con ella todo el tiempo, ni casi a permanecer siquiera; es más, apenas si sabía cómo estar con ella. La dejaba sola por la noche, y las noches eran largas, porque ella se acostaba temprano y se dormía enseguida (yo la oía roncar). Pasaba mucho tiempo durmiendo, tanto por la noche como durante la tarde. Para ella, ese olvido por lo menos era un amigo bien dispuesto. Entretanto, yo vigilaba y esperaba, calculando de acuerdo con alguna teoría imposible de enunciar cuáles eran los intervalos adecuados para hacer mis apariciones. La acompañaba en silencio hasta el cuarto de baño. Pasaba largas horas de vigilia sentado en el corredor. Puse algunos almohadones en el cuartito vacío, allí donde había soñado que había una puerta secreta por donde aparecería Mrs. Chorney para reclamar posesión de su casa y me senté sobre los cojines a vigilar la puerta de la habitación de Hartley y a escuchar. A veces, mientras ella roncaba yo dormitaba.
Naturalmente con frecuencia me sentaba con Hartley en la habitación, a hablar con ella o a intentarlo, o bien en silencio. Me arrodillaba a su lado, tocándole las manos y el pelo, acariciándola como se acaricia a un pajarillo. Tenía las piernas y los pies desnudos, pero insistía en ponerse mi bata sobre el vestido. Sin embargo, con pequeños contactos me familiaricé subrepticiamente con su cuerpo: con su peso y con su masa, con los magníficos pechos rotundos, los hombros regordetes, los muslos; y gustosamente, me habría acostado con ella, pero se resistía, con la más tenue de las señales, a mis mínimos esfuerzos por desvestirla. Se quejaba de no tener maquillaje, y envié a Gilbert a la aldea a comprar lo que necesitaba; entonces, delante de mí, se arregló la cara. Esa pequeña concesión a la vanidad me pareció un auspicio portentoso. Pero seguí con miedo, de ella y por ella. Mi silenciosa negativa implacable a dejarla ir ya era suficiente violencia. Temí que cualquier otra presión pudiera producir algún frenesí de hostilidad o un retraimiento más extremo aún, que me volviera tan loco como ella estaba; pues por momentos pensé que estaba loca. Así coexistíamos en una especie de delirante tolerancia mutua, misteriosa y precaria. A intervalos, Hartley repetía que quería irse a casa, pero aceptaba pasivamente mis firmes negativas, y eso me daba ánimos. Naturalmente, a cada hora que pasaba, su miedo de volver debía de ir en aumento, y ese mismo hecho me daba esperanzas. ¿Llegaría un momento en que la magnitud de su miedo la hiciera automáticamente mía?
En realidad, aunque de trivialidades y a intervalos irregulares, lográbamos conversar. Cuando yo intentaba recordarle viejos tiempos, no siempre me dejaba sin respuesta; y por momentos, yo sentía que con mi «tratamiento», basado en la intensidad de mi amor y mi compasión por ella, iba progresando un poco. Una vez, de forma totalmente inesperada, me preguntó qué había pasado con la tía Estelle. No pude recordar haberle hablado de la tía Estelle, hasta tal punto había hecho de la familia de mi tío un tema tabú.

Iris Murdoch
El mar, el mar
Ed. Debolsillo, 2017
Trad. Marta Isabel Gustavino

Fot. Elsbeth Jay Juda

Así sucede


Así sucede
que la vida sigue
sin mí
sin ti
sin nosotros.

Sigue cada mañana
cuando, puntual,
el sol asoma.

Sigue con el desayuno,
las noticias,
las prisas,
el trabajo,
las palmaditas en la espalda,
también algún puñal.

La comida,
la siesta cuando cabe,
más prisas,
y la vida sigue.
Sin uno
sin otro.

Atardece cada día
y se vuelve a casa
y el zapato sale volando
y el sofá se hace cómplice.

Y la vida sigue
y nadie echa de menos
a ese que ya no está,
a esos que un día fueron.

Porque la vida sigue
y la noche aguarda
oscura y misteriosa;
refugio de sueños,
también de pesadillas,
escondite de amor,
escaparate de ternura,
escenario de disputa,
qué más da
si la vida sigue

y hasta uno duda
si fue
si fuiste
si fuimos
alguna vez
salvo para nosotros mismos.

Barri Gòtic, Barcelona

viernes, 16 de febrero de 2018

Una llamada telefónica


Un señor que sabe latín, pero ya no griego, pasea por casa y espera una llamada telefónica. En realidad, no sabe qué llamada telefónica espera, ni si se producirá. En el caso de que no se produzca ninguna llamada, ignora lo que eso significa. Espera sin duda llamadas de personas relacionadas, de manera íntima, con su vida. Algunas de esas llamadas le asustan. Sabe que es fácilmente vulnerable. (...) Una vez recibió la llamada llena de sollozos de una mujer abandonada que se había equivocado de número. Había iniciado con ella una relación telefónica, proseguida durante algunas semanas, hasta que desde el otro lado del teléfono le había respondido una voz desconocida, enfadada e inocente. No se había atrevido a llamar de nuevo. Ahora podría llamarle una mujer que él ama y que no se atreve a amarle si no es con largos intervalos de tortura, una mujer que él ama y que a su vez le ama, pero que está demasiado ocupada para darse cuenta de ello, una mujer que él no ama y que le ama, y que le halaga sin imponerle intolerables conflictos. En realidad, preferiría una llamada diferente, imprevisible, destinada a cambiar la imagen de una vida que no estima interesante, y sólo irritante. Recuerda que el amigo de un amigo le contó en cierta ocasión que había recibido una llamada del padre, muerto seis años atrás. Había sido una llamada brusca, ya que el padre siempre había tenido mal carácter, y al mismo tiempo breve y trivial. Tal vez era una burla. El señor que sabe latín preferiría no esperar llamadas; las llamadas preceden el mundo y son, en último término, la única prueba de la existencia del mundo. Pero no de la suya.

Giorgio Manganelli
Centuria: Cien novelas río
Ed. Anagrama, 1982
Trad. Joaquín Jordà

Fot. René Magritte
The Voice of Silence, 1928
Oil on canvas, size 57 x 63 cm.
Worcester Art Museum, Worcester, Ma.

Ver, mirar


Hay que fijarse mucho para ver lo que ocurre delante de uno. Cuesta trabajo, supone un abnegado esfuerzo, ver lo que está uno mirando. Era algo que lo tenía hipnotizado, las profundidades posibles en la desaceleración del movimiento, las cosas que ver, la profundidad de las cosas que tan fácilmente no es percibida en la costumbre superficial de ver.

Don DeLillo
Punto omega
Ed. Seix Barral, 2010
Trad. Ramón Buenaventura

Fot. Joné Reed